Hacía semanas que no me sucedía, pero anoche, de nuevo, soñé, dormida, contigo.

Soñé que era tu cumpleaños.
Soñé que nos encontrábamos muy lejos físicamente.
Soñé que, pese a esa distancia, debía, tenía y sentía que debía llamarte.
Soñé que lo hacía para regalarte una caricia en forma de palabras.
Soñé que, sentado a tu mesa de trabajo, contestabas.
Soñé que me era posible observarte mientras lo hacías.
Soñé con que era testigo de la sonrisa que iluminaba tu rostro al escucharme.
Soñé escuchar los latidos de tu corazón, acelerándose al compás de mi voz.
Soñé que, en tu interior, un ejército de pacíficas y entregadas mariposas despertaban de su sueño de olvido y, enamoradas, comenzaban a revolotear, una vez más, dentro de tu ser.

Soñé, incluso, que, en un susurro aclamador, me decías esas dos palabras que ambos sabemos pero que tanto temes sentir.
Soñé que esa felicidad que no he vuelto a sentir desde tu marcha inundaba cada uno de los resquicios de mi alma.
Soñé que tu calor y cariño vencían distancias, soledades, remordimientos y miedos y me abrazaban para ya no dejarme jamás.
Sí, anoche volvía a tenerte en mis sueños.
Sí, aún puedo besar el rostro que tanto adoro gracias a la magia de mis sueños.
Pero los sueños, sueños son...O no.